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lunes, septiembre 20, 2004

Finalmente tuve el coraje de soltar su mano.
Y allí estaba ella, en la fila para entrar a Policía Internacional.
Frontera tras la cual ya no hay vuelta atrás.
Allí estaba ella parada.
Con el bolso en la mano, con ése mismo look desgarbado de siempre, y que tanto me fascina.
Me encanta que sea así, tan auscente a todo aquello que sea fashion, a todo tipo de producción de vestuario y look, tan pretensioso e indeseable.

Allí estaba ella, con toda su simpleza, en todo su esplendor y magnificencia.

Cuánto tiempo había pasado desde la última vez, cuántas cosas habían pasado, cosas.......a falta de una palabra para nombrar hechos tan intensos y trascendentes que se envuelven en sábanas de levedad, pero que al fin, salen siempre teñidos de sangre y de vida, de esa inevitable trascendencia...de esa exquisita magia que nos intercomunica sileciosamente, aquellas fibras con las que nos atamos unos a otros, tu y yo, tú a mí y yo a tí, al dormir, al mirarnos, al hablarnos, al respirar con mi boca pegada a tu boca. Al sentir cada mínimo movimiento de tu cuerpo envuelto en el calor de la cama.
"Tengo frío...." y acercarse aún más, dulcemente entrelazados, fundidos.

Está mirando hacia adelante, pero con un movimiento pendular de los brazos que sujetan los regalos y demases, movimiento que finalmente cada 2 o 3 minutos, o menos probablemente, llevan su cuerpo a enfrentarme de nuevo, para mandarle besos, para dispararme hacia sus ojos una vez más....quizás la última.....y sonreírnos, en medio de una inundación de pena, pero sonriendo los dos, porque al fin, fuimos aún más lejos de lo imaginable, escalamos cimas que nos propusimos, pensando que quizás estarían fuera de nuestro alcance, y sin embargo, tuvimos éxito. Fuimos más allá de nuestros límites, ella sobre todo, me mostró en verdad cómo es una mujer de verdad. Y de qué está hecha ella, esta mujer que me sorprende constantemente, que me acompaña, sin decirlo, que me entrega sin obviarlo, que me habla en silencio, con acciones, con pasos, con gestos........

Allí está, cada vez más cerca de la ventanilla.

El futuro, el futuro, qué maldita invención del demonio.......cómo asirlo? ¿Cómo tener siquiera la más simple pretención de conocerlo? Pensar....pensar.........no quiero pensar. Pero sé lo que quiero. Si ése futuro existe realmente, allí, al otro lado de la ventana.....entonces me lanzo hacia él, sin nada en mis manos, completamente indefenso.

Ahora pasó a la ventanilla.

Me lanzo completamente indefenso, sólo como un guerrero podría hacerlo, sin más pertenencia que su intento. Sabiendo que somos seres que van a morir ("los que vamos a morir, te saludamos"...). Como un guerrero, con nada que perder, actuando como si fuese su último acto sobre la Tierra.

Ya, se da vuelta, pasó los papeleos, y ya está del otro lado de la valla. Nos miramos, nos buscamos entre la gente, encontrarse los ojos, al menos que el otro vea nuestras manos despidiéndose, ésas manos que dormían entrelazadas y que ahora se buscan ciegas en la distancia, gesticulando, dando a entender, sin palabras, hablando en silencio.....sabiendo que el otro sabe.

"Un guerrero llora, sabiendo que ni aún todas sus lágrimas puestas juntas, podrían cambiar un ápice el sino de su destino"

Hasta la próxima, mi gran y pequeño amor.

jueves, septiembre 02, 2004

Capítulo 0
TODO SE DA VUELTAS

La Maga había arrendado un pequeño departamento en el segundo piso de una casa tipo español, en un barrio más o menos tranquilo. Era una de ésas pequeñas calles que van entre dos avenidas más grandes, por lo tanto, muchos la usaban como corredor para acortar camino a las horas del taco infernal, del cual nadie se escapa. Lo bueno era que, una vez pasada la hora del taco, reinaba una agradable paz, y más importante aún que eso, un cálido ambiente de barrio. Parejas, y personas sólas, demabulaban de ida y vuelta a los supermercados cercanos a comprar aquellos infaltables elementos que siempre faltan a la hora de once o de la cena, según las costumbres de cada cual.

Oliveira había cruzado el charco por motivos de trabajo. Bueno, eso era al menos su fachada. Pero tanto él, como todo el mundo, sabía que el verdadero imán que había hecho girar la aguja de su brújula hacia éstas tierras, era la Maga. De hecho, Horacio se sentía extrañado de sí mismo, extrañado, porque aunque lo ocultaba pero lo sabía, no se sentía tan amenazado en su independencia como habría sido normal en él, ni tampoco tenía ese presentimiento de fatalidad endémico que siempre le acompañaba. Algo, sentía (y por alguna extraña razón no decía pensaba), había cambiado. Por eso había decidido, no sabía con qué parte de su ser, tomar el riesgo y seguirla.

La Maga, por su lado, lo había aceptado como inquilino, aunque sin dinero, ya que él aún no ganaba mucho, pero en verdad sin ningún rencor. Sin ninguna duda tampoco, sino más bien con una verdadera felicidad tranquila. Y claro, con ilusión también, a pesar de que se repetía una y otra vez que ilusionarse con Horacio no era ni el camino de la cordura, ni el de la sabiduría, sino más bien la huella débil pero certera, hacia el despeñadero fatal, al ocaso terrible de la paz que había logrado construír con tanto esfuerzo y dolor, desde su terrible partida de París, luego de los ominosos sucesos acaesidos con Rocamadour, que terminaron por destruír todo el mundo que habían construído y que conocían tan bien, su propio y sagrado kibbutz.

Lentamente, con cuidados infinitos, iban armando cada día las piezas iniciales del rompecabezas cuya figura desconocían totalmente. ¿Sería quizás la imagen de un campo de batalla sembrado de cuerpos destrozados, evidencia sangrienta de una guerra perdida por ambos flancos, como es el caso con todas las guerras, la comsumación de todos los temores e inseguridades? ¿O sería quizás la imagen luminosa de algo que ambos intuían pero sin haber atestiguado jamás, un campo infinito de abundancia, con ecos dulces de risas, música y miradas que se funden correspondidas, como se funden el mar y el cielo allá lejos en el horizonte, un campo de paz donde la tensión está auscente?

La cosa es que ambos se tomaban todo con suma calma y delicadeza. Quizás esa era la clave, ambos, esta vez, querían cuidar lo poco que tenían, las brazas sobrevivientes bajo las cenizas, y este pequeño intermezzo que la vida les había regalado cuando se encontraron por casualidad en el aeropuerto. En verdad era admirable, ninguno lo había imaginado, sin embargo, la vida se había encargado de guiñarles el ojo, vaya a saber uno con qué fin. Pero bien, ¿quiénes eran ellos para cuestionar la inevitable determinancia de la vida?.

Hasta ahora, todo iba bien, ¿demasiado bien quizás?, pero, ¿puede algo ser "demasiado" bueno, en verdad?